El sábado tío Carlos llegó a mediodía con la máquina de matar hormigas. Nuestra familia, siguiendo una antigua tradición, se sentaba a la mesa a esa hora, pese a que ya cundía entre los nobles la moda, llegada de la poca madrugadora Corte de Francia, de almorzar a media tarde. Soplaba un viento del mar, recuerdo, y se movián las hojas.
En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos.
-¿Qué están diciendo?- preguntó Zazie mientras terminaba de enfundarse los bluyinses.
Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna.
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¡¡¡Menuda sorpresa!!! Desconocía la existencia de este blog, estimado cronopio; sólo espero que no se quede en agua de borrajas deconstruídas y que en breve nos sorprendas con otra entrada tan original como ésta. Exquisito entrante para un menú que se antoja muy suculento, vuelve por favor. Un beso.
ResponderEliminar¡Santas buenas noches! Menuda torpeza la mía, acabo de caer en el collage literario de maese Ignatius: "Venenos rampantes en e Palacio del plátano", Cortázar, Calvino, Salinger y Auster (no sé si me dejo a alguien); desde luego, a buen gusto no le gana nadie. En cuanto a mi despiste, seré condenado a retorcimiento de la nariz y las onejas con extracción de lengua y ablación de los dientes, laceración del trasero, desplazamiento de la médula espinal, y arranque parcial o total del cerebro por los talones. Lo dicho, siga alimentando a esta criatura. Amén.
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